La Múltiple Puesta en Escena de la Realidad

Synecdoche, New York – Charlie Kauffman – 2008 / Calif. 10

Dirección: Charlie Kauffman.

Guión: Charlie Kauffman.

Producción: Anthony Bregman, Spike Jonze, Charlie Kauffman & Sidney Kimmel.

Producción Ejecutiva: Ray Angelic, William Horberg & Bruce Toll.

Dirección de Arte: Adam Stockhausen.

Edición: Robert Frazen.

Música: Jon Brion.

Reparto: Philip Seymour Hoffman (Caden Cotard), Catherine Keener (Adele Lack), Michelle Williams (Claire Keen), Samantha Morton (Hazel), Hope Davis (Madeleine Gravis), Jennifer Jason Leigh (Maria), Emily Watson (Tammy) & Dianne Wiest (Ellen / Millicent).

Género: Drama.

La expresión cinematográfica en la actualidad parece que se divide de manera más marcada entre quienes pretenden entretener y realizar historias sin profundidad ni con un sentido más allá de las taquillas de las grandes cadenas, y en contraposición con aquellos realizadores que de verdad expresan una idea y aunque algunas veces nos cueste trabajo, mantienen una coherencia y una adherencia sobre su público, realizan una expresión artística más personal, para empezar una expresión auténtica. En el caso de esta película, “Nueva York en Escena” (Synecdoche, New York),  una de las mentes más imaginativas, excéntricas e inteligentes del cine norteamericano de los últimos tiempos por fin nos muestra su primer trabajo como director, Charlie Kauffman nos presenta una obra cinematográfica en el más puro sentido de la palabra, una obra personal, dentro de una mente retorcida pero real, de un Nueva York más envolvente, de una ciudad que respira por sí sola, con sus partes feas y asombrosas, una mezcla de lo multicultural, lo “fashion”, lo idealista y lo sucio, en general una ciudad y una historia que va de lo auténtico a lo hipócrita del mundo del arte.

     La historia de Charlie Kauffman es acerca de un director de Teatro en medio de un mundo que se va complicando mientras trata de realizar una obra de teatro verdaderamente honesta con una pequeña fortuna obtenida de una beca de interés artístico. Pronto nos envolvemos en la mente complicada y desesperada de un ser que vive en continuo conflicto psicológico y hasta patológico. Todo lo que había logrado construir en base a una estructura convencional y familiar se empieza a desmoronar a pesar de encontrarse en un ambiente que debería ser libre con nuevas formas estructurales. Él y su esposa son artistas, un director de teatro y una fotógrafa que se separan debido a las convicciones sobre el arte de cada uno, entre un mundo de despampanante lujo y apariencias relacionadas con el placer y el autoconocimiento que lo lleva por la autodestrucción y el azote de lo honesto. La división que genera el arte en Caden (P. Seymour Hoffman) se ve en capas, de lo honesto hasta el vil negocio de lo estéticamente recomendado.

     Esta división entre lo artísticamente real y la ilusión de la fama y el dinero me lleva a pensar en el propio espacio que utiliza el personaje principal, que se genera en una impersonalidad a pesar de que en muchas películas siempre le otorgan una gran importancia a la ciudad de New York. Me parece un gran acierto de Charlie Kauffman el tratar de romper con el mito de que New York hace a las personas, y pasar a observar a ese espacio como parte importante y a la vez efímera de una mente problemática, debido a que nunca pudo sobrellevar el supuesto ritmo de vida artística neoyorkino. Caden, Charlie Kauffman y el espectador de repente nos encontramos en una realidad superpuestas con la misma realidad, una visión casi automática y mecánica de la sociedad, el estancamiento de lo real dentro de lo honesto de una visión que no quiere ver más allá.

     Junto a la sobre estructuración que se plantea de manera espacial, es interesante resaltar que otra constante, el tiempo, se desestructura dentro de la narración de Charlie Kauffman. Y no es que se trate de un artilugio para justificar lo artístico de esta película, es una consecuencia del propio protagonista (Caden) y de su casi completa separación con la estructura y la dinámica de la sociedad (que sería completa de no ser por el amor a su hija). El tiempo se repite de manera constante tanto en la obra que pretende Caden como en su realidad, una fusión que no permite distinguir entre lo real y lo verdaderamente real, un flujo continuo que se repite en sí mismo.

     Pero tal vez el principal agobio de Caden sea la soledad que de repente experimenta tras la partida de su mujer y su hija, una constante autoexploración sobre su persona que lo lleva a una grave depresión y nunca estar satisfecho con la idea de la desilusión constante, pero que es la única fórmula que encuentra para expresar lo honesto de su cotidianidad, lo cual lo lleva a un círculo vicioso que se transforma en obra de teatro, su cotidianidad expuesta solo a él y a su mundo que se reduce con el paso del tiempo, una obra interminable ya que regresa a la visión permanente de su realizador, una obra de teatro sobre la vida y el espacio de una mente solitaria que no encuentra nada real fuera de sí mismo.

     Aquí reside a realidad de la película, o lo que se nos presenta como realidad, un espiral introspectivo en lo más elemental del ser, una forma de ver a través de sí mismo, excluyendo el tiempo, la historia y cualquier otro elemento que de manera social y común construya al propio individuo. Es aquí donde el arte de lo auténtico se autodestruye.

La opera prima de Charlie Kauffman nos demuestra tal vez su oscura y retorcida mente que ya nos había deleitado con historias de verdadero ingenio. En el cine siempre existe la eterna comparación, tal como el arte y la vida siempre tratamos de relacionar con otras obras, para Charlie Kauffman no me queda más que hacer lo mismo: es como si juntáramos obras de dos genios (pero aún así azotados), David Lynch y Lars Von Trier se palpan en esta historia que lamentablemente por su naturaleza como obra compleja no podemos disfrutar más que en un circuito reducido, la primera obra de Charlie Kauffman es una psicosis depresiva muy bien relatada.

Porque Hay que Verla: Una historia desgarradadora que encuentra lo real en su historia, a pesar de su irrealidad o surrealismo. El despertar de una realidad llena de apariencias y falsas interpretaciones y roles. Una soledad psicótica que hace que el espectador (y el personaje) se refugie en la misma cotidianidad como una auténtica forma de expresión artística. La inseguridad que es tan común en los tiempos actuales, lo difuso del tiempo y el espacio de la vida.

Anuncios

~ por Carlos Wilson en 30 diciembre 2009.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: