De Vuelta al Autor

Nine – 2009 – (Estados Unidos – Italia) / Calif. 7

Dirección: Rob Marshall.

Guión: Fran Michael Tolkin & Anthony Minghella; basado en la obra musical de Broadway de Arthur Kopit & Maury Yeston; de la idea original del italiano Mario Fratti.

Producción: John DeLuca, Rob Marshall, Marc Platt & Harvey Weinstein.

Cinematografía (Fotografía): Dion Beebe.

Dirección de Arte: Peter Findley, Phil Harvey & Simon Lamont.

Edición: Claire Simpson & Wyatt Smith.

Música: Andrea Guerra.

Reparto: Daniel Day-Lewis (Guido Contini), Marion Cotillard (Luisa Contini), Penélope Cruz (Carla), Nicole Kidman (Claudia), Judi Dench (Lilli), Kate Hudson (Stephanie), Sophia Loren (Mamma) & Fergie (Saraghina).

Género: Musical.

El cine en su historia siempre se ha relacionado con el mundo del “glamour” o de esta construcción del estilo y la elegancia de las clases pomposas y de las celebridades, las formas de vestir y las marcas con las que visten las estrellas se vuelven deseables para el público en general, en un afán de imitar de manera detallista a los personaje y celebridades que aparecen ante nuestros ojos en la pantalla donde los sueños y las fantasías pueden hacerse realidad. En el caso de “Nine”, el nuevo musical de Rob Marshall casi todos sus elementos giran en este sentido de lo glamoroso y de una melancolía sobre una época donde el cine estaba rodeado de una mitología acerca de sus realizadores, en lugar de una incesante saturación de publicidad y de estereotipos forzados por la repetición y la saturación. El mito de aquellos que creaban historias y aparecían en la pantalla del cine se concentraba en los personajes y el rito de visitar el teatro cinematográfico como un asombro cultural y artístico, la belleza y la genialidad se encontraban en la esencia del cine, la historia creaba a las estrellas, no la vida cotidiana de estas. Por eso “Nine” sorprende al tratar de manera casi de leyenda a estos personajes del pasado, el clasicismo del cine representado en un italiano (como genio estereotipado) y su proceso de creación artística en el cine a base de sus musas quienes le aportaban la emoción y la inspiración. Y como buen musical toda expresión dramática se percibe narrativamente a través de una canción, elegantemente presentadas por un casting excepcional, desde Daniel Day-Lewis hasta Sophia Loren, pasando por la bella Marion Cotillard y un resto de actrices y músicos no menos impresionantes.

     El relato nos habla sobre Guido Contini y su repentino bloqueo de escritor tras haber ganado fama con supuestas extraordinarias obras de arte cinematográficas, en la época de principios de los años sesenta. Aunque este no es un tema muy original que digamos, el sentido de la historia nos permite más que explorar la mente del artista, la representación del entorno del cine y su masificación, el no solo observar las historias ya producidas, si no la perversa necesidad del público por saber hasta los procesos más insignificantes que le rodean. Entonces observamos con un estilo más elegante y “europeo” estas actitudes del propio Guido y sus actrices al puro estilo de “La Dolce Vita”, y sus escapes tipo James Bond para mantener de manera privada y sincera su expresión, la cual no es posible por que se concentra en esta fama sintética.

     Este es el tributo de Rob Marshall a la influencia del cine italiano en todo el mundo y en Hollywood, como lo fue el tributo a Broadway en su anterior “Chicago”. El neorrealismo y los genios como Federico Fellini han creado una marca sobre la elegancia cotidiana y un estereotipo del artista en todo el mundo, Guido Contini y sus musas son el ejemplo claro de cómo un escritor y director de cine se sumerge en una realidad que escapa de lo esencialmente real, se escapa a un universo de excentricidades y de excesos que el público admira y envidia de manera sincera. Todavía el genio es admirado por su contrariedad con la realidad, por la libertad de observar a la sociedad fuera de la “normalidad”, el admirable sentido de la percepción deformada en una observación sin el velo de lo establecido, expresado en una extravagancia narrativa como lo es el cine, la exaltación de lo cotidiano.

     El proceso de creación o producción cinematográfica es el trasfondo del bloqueo del personaje principal, los elementos complejos y sencillos se ven reflejados en la otra relación y presión por parte de aquellos que invierten en la genialidad de un individuo abrumado por la expectativa. Es algo muy curioso como este proceso de producción se desarrolla de una forma muy avanzada a pesar de que no existe una historia concreta a realizarse, formas que todavía se desarrollan en la comercialidad del cine, y es que es muy común observar como en nuestros días las películas próximas a estrenarse concentran su atención en la imagen de las celebridades, y le dan a la historia o narrativa un lugar secundario, vivimos la época del cine donde la imagen prefabricada sobrepasa al contenido, la era de la sobre-información, característica curiosa que también ocurre en otros campos como la política.

     Lo más rescatable del filme es tal vez la justa importancia que se le da al autor y director, como aquel que impone una visión en un trabajo multidisciplinario. Regresar al autor y su principal relevancia es esencial para que el cine asombre cada vez más a la mente humana, el artista ve a la realidad desde una perspectiva que describe de manera crítica a la sociedad desde formas estilizadas muy particulares, lo demás son puras repeticiones de lo establecido. Un ejemplo muy claro es la exaltación del “estilo” desde una comercialidad estereotipada y descarada como en “Sex & The City”, y en comparación con una representación clásica apegada al mito del estilo en “Nine”, aunque aún así las dos se construyen dentro de una sintetizada contradicción ante la realidad.

     A Pesar de contar con un reparto extraordinario, Rob Marshall no muestra más que una falta de sentido fuera del contexto musical, su incapacidad de narrar una historia se puede entender desde el personaje principal, la inspiración no debería ser solo un espectáculo como sucede en cada partitura de cada uno de los actores. Muchas veces la historia se convierte en nada más que comerciales y abusa de la melancolía de los fanáticos del cine. Rob Marshall como Guido Contini no logra una comunicación de verdad, se queda tras unas gafas oscuras que crean una indiferencia en los espectadores, no existe sustancia interesante, ni siquiera en Penélope Cruz, exageradamente ovacionada, aunque tal vez solo en los nombres de algunos de sus intérpretes y el recuerdo de sus otras películas.

Para que la Vean (todo cine merece ser visto) por: Guido Contini es la representación del estilo, el genio y el mito del realizador cinematográfico. Las formas y explosiones musicales pueden hacer palpitar al espectador en algunos pocos momentos inspirados. La simplicidad de su contenido permite perdurar la leyenda e imagen sobre la excentricidad, el asombro y el romanticismo del mundo del cine y su creación.

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~ por Carlos Wilson en 10 marzo 2010.

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