La Introspección Desértica.

Cefalópodo – 2010 – (México) – Calif. 7.6/10

Dirección: Rubén Imaz.

Guión: Rubén Imaz.

Producción: Pablo Cruz y Arturo Sampson.

Producción Ejecutiva: Geminiano Pineda.

 Cinematografía (Fotografía): Gerardo Barroso.

Dirección de Arte: Claudio Ramírez Castelli.

Edición: Mariana Rodríguez.

Música: ————.

Reparto: Unax Ugalde (Sebastián), Alejandra Ambrosi (Emilia), José Ángel Bichir (George) & Flor Eduarda Gurrola (Roberta).

Género: Drama, Novísimo Cine Mexicano.

El cine mexicano, y en la mayoría del cine latinoamericano, debido a su limitada producción, las películas que se estrenan al año pueden fragmentarse en diversos géneros, y generalizando aún más, en estos últimos años existe una división que se ha hecho más marcada debido al público y a los lugares donde se exhibirán, cierto que siempre han existido un circuito comercial y otro más apegado a  lo cultural, inclusive al arte, pero gracias al éxito de ciertos autores y de ciertas películas en festivales de gran prestigio como Cannes y Venecia, de realizadores como Carlos Reygadas o Claudia Llosa, por decir algunos, nos llegan películas que parecen tener características muy parecidas, tales como el ritmo un poco lento, largos planos secuencias y temas más enfocados a la introspección y la interpretación del dolor, a la desesperación que emana desde un interior en la cotidianidad de la realidad inquietante del protagonista, donde los gestos mínimos expresan una infinidad de emociones. Rubén Imaz exhibe una obra muy personal, trata de llegar al origen del dolor y las repercusiones en un personaje que en la mayor parte de la película demuestra la tristeza de la soledad y la pérdida de un ser amado. El resto de la historia se encuentra atrapado entre clichés melodramáticos del propio sufrimiento y en el despertar de la inspiración del personaje como artista.

La visión cotidiana que le impone Rubén Imaz es muy acertada, ya que representa de forma muy auténtica parte de la esencia urbana de nuestra ciudad, en ciertas partes del relato se logra sentir un ambiente casi autobiográfico, aún más sabiendo que como el protagonista, el autor es de formación en las artes plásticas antes que en el cine. Y en el caso de un español que visita México, da cuenta de un espacio muy peculiar donde los puentes culturales y hasta artísticos son muy bien reconocidos, la zona centro del Distrito Federal, lugar donde la vida nocturna tiene mayor actividad que en el resto de la urbe. Sebastián es un joven artista español que viaja a México tras la muerte de su novia, así comienza un viaje de introspección y de autodescubrimiento mientras intenta entender la fascinación de aquella que ha muerto por los animales “cefalópodos”, invertebrados marítimos  que son más conocidos como pulpos, calamares y demás, esta obsesión por entenderlos harán que nuestro protagonista se dirija hacia el Mar de Cortés, lugar natural donde se encuentran muchos de estos animales, pero además se internara en un viaje de autoconocimiento y autoexploración.

La aceptación del protagonista sobre la muerte de la mujer que amaba se expresa en forma progresiva y cotidiana en su propia ocupación, el artista y pintor. La creación de un pequeño mural con un calamar como principal forma es la representación de que a pesar de compartir un lazo muy íntimo con la difunta, no entendía parte de la vida y de las pasiones de esta otra persona, y es que aunque parezca una situación irónica y hasta absurda, tras tremenda pérdida, Sebastián (Unax Ugalde) no puede seguir con su vida hasta no saber de manera íntima cuales eran las características que apasionaban tanto a su amada. Los cefalópodos se convierten en ese elemento donde vive el recuerdo de ella, su sinceridad y bestial imprevisibilidad de su estado natural crean ese espacio emocional donde los sentimientos no se transforman en culpabilidad o ira por ya no tener esa otra parte.

También se trata de una “road movie”, ya que tiene como uno de las cuestiones principales el realizar un viaje donde se pueda reflexionar los problemas emocionales que aquejan a Sebastián (Unax Ugalde). La forma en que Rubén Imaz los expresa en pantalla y en audio juega en una fina frontera que el observador, como interpretador, al final le otorgará la importancia tanto artística como personal. Me refiero a que dándole una lectura rápida se contrasta demasiado en la calidad de la historia y del trabajo en general, o tiene una trascendencia casi filosófica en las reflexiones del protagonista y en las imágenes que representan ese desasosiego, casi al extremo de llamarla “una nueva obra de arte del cine mexicano”; o en su  contraria interpretación, se trata de una más de aquellas películas que pretenden llevar una historia profunda y caen en la pretenciosa intención de llamarse a si mismo película de arte, y todo debido a que se busca expresar esta sensibilidad a través de formas ya antes exploradas. “Cefalópodo” juega en esta ambigüedad, característica que comparte con la mayoría del cine mexicano actual, de aquellas películas que visitan tantos festivales, cansadas de escuchar elogios e intolerante con cualquier tipo de crítica.

A pesar de que se trata en parte sobre un viaje casi espiritual, debo aceptar que la representación de lo urbano resulta muy acertada gracias a un buen trabajo en la cinematografía o fotografía, sin duda es parte de la concepción y de la observación desde una sensibilidad muy especial del autor, quien antes de ser director de cine tiene una formación como artista plástico. Las noches frías y las calles iluminadas por el agua de lluvia, así como los espacios grises en la ciudad y la espesa marginalidad y explosión de la combinación del desierto y del mar, generan un ambiente constante de intimidad y soledad en la gran inmensidad de lo urbano y de lo salvaje. No existe una representación tradicional de lo mexicano, por que al ser una historia muy íntima, la relación con el entorno exige que no se forme ningún lazo afectivo concreto.

Finalmente es un producto o una obra de cine muy compleja en una primera lectura, su paso galardonado en diversos festivales en un sentido es el reconocimiento a una expresión fuera de lo convencional, mientras que en otro es un pretexto no válido que solamente lo cataloga  como una obra pretenciosa, y destinada a ganar en festivales, y es en esa característica donde se pierde un cierto respeto al público, sea o no consumidor constante de lo que llaman cine de arte o de autor. Algo que me pareció muy interesante es que “Cefalópodo” se trata del último ganador de “Opera Prima” del FICG (Festival Internacional de Cine de Guadalajara), curioso que Rubén Imaz, un cineasta prospecto con evidente talento, ya había dirigido “Familia Tortuga” en el 2006, algo que preguntarle a ese festival.

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~ por Carlos Wilson en 30 junio 2010.

Una respuesta to “La Introspección Desértica.”

  1. no más como comentario en música que está en blanco, la hizo PASCUAL REYES

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