El Terror Real del Encierro.

Mi Vida Dentro– 2007 – (México) – Calif. 9.0/10

Duración: 120 Min.

Dirección: Lucía Gajá.

Guión: Lucía Gajá.

Producción: Rodrigo Herranz.

Producción Ejecutiva: —————–.

 Cinematografía (Fotografía): ————–.

Dirección de Arte: ————–.

Edición: Lucía Gajá.

Música: Leonardo Heiblum & Jacobo Lieberman.

Reparto: Rosa Estela Olvera.

Género: Documental.

El documental en México se trata de un tema muy interesante, la democratización en las formas de grabar video se puede resumir en la facilidad de conseguir materiales más baratos y extensos, que han logrado que cada vez más jóvenes, y no tan jóvenes, se lancen por las calles o por cualquier espacio a tratar de captar la realidad, aquella aterradora o de una belleza no muy reconocida. Y sin tratarse únicamente de estudiantes de cine o de profesiones referentes a lo social, humanístico o las artes, si no que haya surgido un importante canal de expresión en el documental que permite expresarse desde casi cualquier perspectiva, tratando de llegar a una verdad, y el tratar de llevarla lo menos “maquillada” posible a cualquier tipo de audiencia. La contradicción es que sobre todos estos trabajos, me atrevo a decir que son decenas de documentales que se realizan al año, muy pocos pueden tener una exhibición ni siquiera mínimamente decente, muchos trabajos se quedan como simples ejercicios que no serán observados por nadie, por lo tanto una protesta, visión, expresión, etc. que no será escuchada. En México, como en la mayoría de los países latinoamericanos, y tal vez en todo el mundo, el documental es una voz que expresa una inconformidad o plantea el observar a la sociedad de forma distinta a las convenciones estéticas del arte, su crudeza conmueve gracias al precepto de su veracidad, aunque esto no significa que exista un planteamiento completamente objetivo en su discurso. De igual forma existe un prejuicio muchas veces coincidido por muchos en que estas obras se desvían en narrativas aburridas para un público masivo no acostumbrado a estas expresiones culturales, por lo tanto muchos temas que podrían ser interesantes quedan perdidos en la inmensidad de las injusticias urbanas, rurales, indígenas, migratorias, etc., por eso la historia de Lucía Gajá, de gran calidad y de gran investigación sobre su tema, es una joya que debe ser vista, su trato está más enfocado a la cinematografía convencional que al ensayo “académico” por el que comúnmente optan los documentalistas, resultando inclusive como una obra poética y aterradora sobre una realidad que se ha vuelto cotidiana para muchas personas y familias de mexicanos y latinoamericanos.

El tema principal y original de la egresada del CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), era sobre las mujeres migrantes que terminaban presas en Estados Unidos, pero durante su trabajo de investigación se encontró con el caso extraordinario de una joven originaria de Ecatepec, que debido a su desconocimiento sobre las leyes estadounidenses y tras un accidente muy desafortunado, se ve de repente presa por un supuesto crimen muy grave, terminando con sus sueños e ilusiones de desarrollarse económicamente y familiarmente en los Estados Unidos, como millones de mexicanos y latinos desean cada año. El documental narra el proceso de juicio de Rosa Olvera que dura casi tres años, el cual da registro de la tenacidad y paciencia de la directora en su seguimiento e investigación. La historia va del 2005 cuando desafortunadamente el pequeño niño Bryan muere por asfixia accidental mientras Rosa lo cuidaba, y en la inflexible búsqueda de la justicia norteamericana y texana por encontrar un culpable a pesar de que las evidencias lleven a la idea de un terrible accidente, siendo Rosa la principal sospechosa. El documental, magistralmente narrado, es una odisea durante este proceso casi de película, en muchas partes parece la más aberrante ficción, en donde comentarios y prejuicios raciales, económicos y culturales son dados como pretensiones de culpabilidad. Aunque no existe una narrativa lineal, las imágenes, entrevistas y unas postales reflexivas nos llevan por un viaje que muchos han realizado, inclusive en los créditos iniciales se traza con la cámara el probable viaje y camino que debió haber hecho su protagonista, desde Ecatepec como parte de la monstruosa y ruidosa Ciudad de México hasta Austin, Texas, como la representación de la modernidad y progreso vista en sus calles amplias y en los altos edificios.

No existe engaño en el tratamiento de este extraño caso, pero mientras el juicio se va exponiendo, se va generando una sorpresa sobre la realidad de una historia que se va mimetizando con cualquier otro cuento hollywoodense, principal razón por lo cual la autora trata de establecerse fuera de este “circo” manteniendo una casi imposible objetividad, pero es por la misma naturalidad del tema y de los sucesos a través del tiempo en una realidad concreta y con una injusticia tan evidente, que resulta muy difícil establecer un punto de vista indiferente, ya sea personal, social o hasta cinematográfico.

Este sentido de imparcialidad u objetividad, como quiera ser nombrada, se desenvuelve gracias a la ayuda que la autora fue encontrando mientras se realizaba la obra, representado casi exclusivamente en la activista y trabajadora del Consulado Mexicano en Texas, Carmen Cortés, quien explica las dificultades y las injusticias que muchas veces son cometidas sobre los migrantes en Estados Unidos, basadas casi en su mayoría en el completo desconocimiento de las leyes norteamericanas, abriendo un nuevo tema como uno de los principales puntos de choque entre las culturas desde el sentido de lo legal. La adaptación y la tradición en un territorio nuevo, así como la sutil influencia de estas tradiciones en un ambiente que se defiende a través de un cierto hermetismo, y teniendo como opción el de aprender el idioma y por lo menos tener una noción de las leyes, de lo que se puede hacer y no, de lo moralmente permitido, etc., y no en el sentido de alienarse a una cultura distinta, sino más bien como forma de autodefensa ante un escenario xenófobo y extraño, logrando una cierta metáfora sobre la injusticia que nace de la ignorancia de las dos partes.

La obra de Lucía Gajá es un claro ejemplo de que los documentales no deben relegarse a una exhibición limitada, cuando se hacen con calidad, y si logra expresar y representar un tema muy bien hecho como el de “Mi Vida Dentro”, las repercusiones o consecuencias llegan a niveles muy amplios, mientras tanto esperemos noticias sobre el caso de Rosa, en muchas partes del mundo existe indignación ante tal injusticia.

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~ por Carlos Wilson en 2 septiembre 2010.

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